El Whatssapp de las seis

Cuando mi móvil vibra a deshora mi mente se marcha lejos. Un whatssapp que llega entre las dos y las seis de la mañana suele venir de un exilio deseado a medias. De un marcharse porque lo de aquí no invitaba a seguir. De un decir adiós a un país que se gira cuando toca dar el segundo beso en la despedida. De una España que se encargó de educarlos, pero que asumió que no vendrían a comer los domingos.

Leer sus whatsapps compone una de las primeras tareas del día. Mensajes en la pantalla que ponen la sonrisa a una situación lamentable. Memes y anécdotas para obviar que la vida sigue adelante sin ellos.

La siguiente lectura consiste en toparse con los periódicos. Raro es el día que uno no se indigna (han logrado que ésto sea una tarea más de la rutina) con los titulares y le termine de hervir la sangre con las cifras.

Reconozco la ira. La que llega cuando pienso en ellos, en los que con todo por hacer y con mucho que aportar ven la puerta cerrada. Los que agarran la maleta con las mismas ganas con las que visitan al dentista.

Y pienso en los Baltar. Pienso en Rita. Pienso en la que fue alcaldesa de Alicante. E incluso pienso en de la Serna.

Y entiendo que echamos de nuestra casa a los equivocados, pretendiendo que sientan (y sintamos) como propia una patria que nos tachó de perroflautas y nos echó sin billete de vuelta.

Y leo el whatssapp y sonrío. Pero a continuación bajo triste a una calle gris en la que solo hay ancianos. Y me pregunto muchos porqués. Y la respuesta siempre es jodida.

Orgullo de Sales

Cada enero el gremio de periodistas se divide en dos. Se fragmenta en una dualidad de trincheras que se observan en una guerra sin balas. Un combate frío en el que nadie gana y todos pierden. Un frío estepario en el que todos luchan en el bando que perdió hace ya tiempo.

San Francisco de Sales discrima entre los que festejan el día del patrón y los que creen que no hay mucho que celebrar. No es un secreto lo de que tenemos la profesión hecha unos zorros. Contratos de horas –cuando hay contrato-, condiciones pésimas y horarios esclavistas empujan a muchos a pensar en que la sonrisa que acompaña al
celebrar no pinta nada en este fango.

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San Francisco escribiendo cosas, en una imagen de archivo

No anima a la verbena el ver que los políticos nos felicitan por la fiesta en un compadreo que haría removerse en su tumba al mismísimo Orwell. No jodamos. Igual es momento para reconocer que en esta guerra nos han vencido. Que nos hemos regalado a la caricia en el lomo. Que lo de hacer relaciones públicas se nos da tan bien que dejamos entrar a cualquiera para que tome parte en esta rave del intrusismo constante.

San Francisco de Sales se eleva como una fecha para la reivindicación. No son pocas las asociaciones que aprovechan el momento para escupir las cifras sangrantes que nos desayunamos a diario en el tajo. Pero los números tienen ese algo de banal que no nos provoca la vergüenza.
Al final fuimos nosotros los que quitamos el alma a los numeritos, por lo que no es de extrañar que la situación estadística
no nos remueva por dentro.

Ante ésto, un páramo. El ver que las condiciones son estas. Las tomas o las dejas.

De ahí el nada que celebrar de cada enero. El descartar una fiesta en la que toman parte sin ningún tipo de pudor los que nos domaron, los que observan felices cómo nos zurramos entre nosotros.

Lo de que está la cosa jodida no es ningún titular noticiable, pero requiere un análisis digno de reportaje dominical. Nos merecemos celebrar. Se echa en falta el orgullo de una profesión que nació a pesar del dueño de la imprenta.

Querellas de postureo

Tenemos algo los periodistas. No, no lo entienda como ese sex appeal por el que la gente nos pregunta. No me refiero a eso. Tenemos un resorte, un muelle dispuesto y preparado a saltar cada vez que a alguien se le ocurre meterse con nuestra santa profesión. No hará falta, querido lector, que le repita la recua de lugares comunes, frases hechas y naftalina a puñados que nos ha tocado escuchar de vez en cuando. Aquello que empieza por un “es que los periodistas” y acaba en acusación.

El resorte que le decía nos hace rebelarnos. Decir que no, que ésta es una profesión respetable, que claro que los hay que trabajan de aquella manera -a esta concesión solemos llegar momentos antes de que acabe la conversación- y que nosotros, servidores de ustedes, tratamos de echar el resto delante del teclado, del micrófono o de la cámara.

Muchas de las acusaciones no van desencaminadas. Saltamos, pero sabiendo que la parte de razón que llevan nos deslegitima un poco. Que no es tan así, pero casi. Y ese casi nos mata.

Y es entonces cuando la defensa, cuando el resorte, se queda en mero postureo. Porque aunque no lo contemos, nos encontramos solos en una batalla diaria por sacar nuestro trabajo adelante. Porque los grandes focos no nos apuntan pero sí que nos disparan. Porque lejos de hablar con quien manda para que esta profesión recupere parte de la dignidad, nos enfrascan en querellas de medio pelo. En un postureo al que los focos sí apuntan pero cuyo disparo va al aire. Porque, querido lector, Dani Alves no acabará con la precariedad laboral, pero una querella contra él es la lucha por la dignidad que nos intentan vender. No se líe. El sex appeal del periodista aparece cuando no apuntan los focos. Todo lo demás es eso, puro postureo.